Cansado de vivir, me lancé al vacío gritando su nombre, con el eco mil risas rebotando en los edificios. Caía tan despacio que podía observar las ventanas de mis vecinos. Siempre me ha gustado mirar a través del cristal de un desconocido. Mirar sin ser visto.
Mi vecino del séptimo estaba haciendo la maleta para un viaje muy largo, al parecer. Su mujer esperaba triste sentada en el borde de la cama con los ojos inundados. Creo que la maleta estaba llena de la ropa de ella. No me gusta hacer maletas y menos hacérselas a alguien. No encuentro el porqué de esta situación.
En el sexto piso vive mi gran «amienemigo´´ Sebastian. En ese justo momento se estaba follando a mi tercera ex novia. Ellos son una de las razones por las que salte desde la azotea. Sebastian era mi amigo de toda la vida. Mi uña, mi carne. Casi vinimos al mundo por el coño de la misma mujer. Y hace dos días nos peleamos por el coño de la misma mujer, mi ex novia. Alicia, adicta a las pastillas de colores y a los conejos blancos. Duré ocho años con ella. Los mejores de mi vida sin duda.
La señora Isabel, del quinto piso, sufrió un derrame cerebral y desde entonces ve la vida pasar por la ventana, con los músculos de media cara derretidos. Siempre estaba sentada, nunca la vi andar. Fue la única que se dio cuenta de mi precipitación. Me sonrió devolviendo cada gesto de la cara a su posición normal. Preciosa mujer.
En el cuarto piso siempre había ruidos rutinarios de una familia numerosa, quizá dos familias de guineanos. A lo largo de mis tres años viviendo en este edificio calculé seis niños y ocho adultos. Por fin pude ver el Vietnam en el que se puede convertir una casa cuando las cucarachas reclaman su territorio. Acorralaban al pequeño Fredy en una esquina del salón comedor. Él solo se podía defender con una cuchara y su instinto de supervivencia.
Del tercer piso emana el odio inconmensurable de Doña Matilde, que aderezaba con ricino el cocido de su marido. El de ella no. El Sargento Atienza leía La Razón tranquilamente sentado en el sillón de su casa. Su placa fulgurante en el pecho nunca me impresionó, pero su preponderante nariz y sus pesadas ojeras siempre me hicieron creer que seria el mayor consumidor de cocaína de toda la comisaría.
La profesora de yoga del segundo piso siempre me había atraído. Me volvía loco ver como sus labios se marcaban con la costura de las mallas. Por fin la pude ver haciendo sus estiramientos, desnuda, etérea, encantadora. Ojala me reencarne en el hilo de su tanga después del aterrizaje.
Primera planta. Ella era la única que parecía esperarme con la mirada enfocada desde arriba. La vecina cotilla por antonomasia. Me observaba caer lentamente, moviendo la cabeza de lado a lado, negando, haciendo ese ruido con la boca -nsth, nsth, nsth- Hija de puta.
Tenía el suelo a escasos centímetros y no había visto pasar ni un solo segundo mi vida. Era todo mentira. Acababa de ser testigo lentamente de la mierda de vida de mis vecinos. Los cuales escupirían una lamentable opinión sobre mi estancia en ese edificio mientras cubren mi cuerpo destrozado con una sabana vieja amarillenta.
Jodidos desgraciados. Limpiad mis sesos del suelo.
FIN
