Desahogo

Pobre Ícaro

A tanta altura tuve que volar para ver tu luz que se prendieron fuego mis alas. Solo alcancé a ver un destello, un pequeño rayo de luz que se coló por el resquicio de las puertas del cielo. Tan solo unos segundos fueron necesarios para quedarme ciego al mirarte fijamente a los ojos. Pobre Ícaro, yo si conseguí convertirme en un ángel. Todos tenemos que aprender de algo, empezando por los límites y acabando en lo más profundo.

Tristeza que no puede llorar, te alcancé batiendo mis alas los primeros metros y te olvide al llenar mis ojos con los bellos colores de la aurora. Todo deja de tener sentido de pronto, el mundo se para, los relojes dejan de funcionar. Es la llamada, es el sosiego. Es haberlo perdido, buscarlo por todas partes y darse por vencido. Solo podrás encontrarlo si escuchas con atención, si estás en la misma frecuencia. Lo que me hace confiar en que sigo el rastro correcto; un sonido, un olor, un camino de huellas sobre las nubes.

Quizás lo busco porque es lo único que me falta, pero es el instinto el que me empuja a seguir batiendo mis alas más y más alto. Quizás escapo de todo aquello que no merece la pena ser vivido, del breve espacio de tiempo en el que dejamos de ser desconocidos. Quizás reniego de lo conocido, oscuro y cuadrado con altos muros. Quizás es la luz que hace tiempo que no ilumina ninguna de mis cartas. Prefiero quemar mis alas, fíjate lo que te digo, y tirar por tierra todo lo que imaginé para mi en el siguiente capítulo. Prefiero continuar subiendo de estrella en estrella usando todo lo aprendido.

De pronto un techo de luz al que es imposible mirar, pone permiso de entrada. Acceso con invitación exclusiva. A la vez que un fuego blanco me abriga y respiro su aroma a canela con alta temperatura. Me envuelven las llamas abrasando mis alas hasta que caigo sin una sola de mis plumas.

-Simplemente no estás preparado. Me mira fijamente parando el tiempo, clavando en mi pupila la próxima premisa.

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